Estoy pensando que el llanto incomoda enormemente, y que esto condiciona (en presente y pasado) la relación que tenemos con él y en su origen con las emociones llamadas incorrectamente «negativas».

Cuando e la etapa adulta, te encuentras en un momento de desahogo de un dolor que te asfixia y descubres como respuesta algo que no necesitabas, te das cuenta de que siempre ha sido así, en la niñez fue así y a nuestros hijos tendemos a pagarles con la misma moneda.

Una moneda que tiene un alto coste emocional. La de no permitirse según que estados emocionales, la de no verlos con normalidad y buscar a toda costa el «estar bien», pero sin estarlo nunca del todo, porque ese embotamiento, esa inhibición de lo que sentimos en cada momento nos lleva a un estado permanente de insatisfacción.

Esos sermones manidos sobre lo que estás sintiendo, esas interpretaciones sobre lo que deberías o no sentir, esa ausencia de escucha activa y simple acompañamiento desde el silencio, el abrazo (ese que no se da casi nunca), ese validar lo que sientes , porque es natural, y doloroso, y yo y mi opinión no son necesarias ahora.

Así nos acompañaron a muchos de nosotros de pequeños, así nos acompañan a muchos de nosotros de altos, y así acompañamos a los niños que a su vez serán adultos y harán lo mismo.

Porque llorar incomoda, hace que tengamos que conectar con nuestro propio dolor y ese no queremos ni sabemos manejarlo. Así que lo único que nos sale es distraer al que llora, cambiar de tema o aun mejor hablarle de uno mismo, de nuestros propios problemas o de lo que hemos hecho o dejado de hacer o lo que haríamos nosotros.

Pero el que llora no quiere, ni busca, ni necesita nada de eso. Sólo necesita presencia y apoyo.

Apoyar no es decir porque alguien se siente de una determinada manera, ya que no tenemos ni idea. Apoyar en la tristeza no es decir «la vida es así», porque creo que es una visión sesgada, que la mayoría de nosotros sabemos que la vida es así » aleatoria, con momentos de dolor, de tristeza, de cosas que se escapan a nuestro control». Lo sabemos.

Pero eso que ya sé , eso que ya SÉ de sobra, no necesito escucharlo ahora. Es absurdo y solo rellena ese incomodo seco que se instaura entre le que llora y los que están ahí incapaces de recibir ese dolor que les hace vibrar a ellos con el suyo.

Y tampoco ayuda juzgar al que llora. Obvio. ¿Quienes solo nosotros para juzgar a nadie? y en el momento de ese desahogo que te informa de que esa persona tiene dolor que quiere compartir contigo ¿será el momento de juzgarla desde nuestro prisma?

Definitivamente NO. Pero pasa cada día, y pasa desde la normalidad más absoluta del que emite esas respuestas y del que las recibe, entendiendo que es culpable de lo que siente, que no debería sentirse así y en el futuro callará. Inhibirá. Bloqueará.

Y todos, adultos y niños somos víctimas de esa transmisión intergeneracional del NO LLORES QUE NO SE QUE HACER CON ESO.

Hasta que tomamos conciencia, y arropamos a esa parte vulnerable nuestra, nuestro niño/a herida, y le dejamos que vibre con ese dolor ajeno que nos es tan propio, ese dolor humano que conecta con el nuestro y lo dejamos salir, el nuestro y el de esa persona que nos sirve de espejo y acompañamos a ese alma desde donde nos hubiese gustado a nosotros, desde donde hubiésemos necesitado nosotros, desde donde necesitamos en el presente.

Simplemente con un silencio cargado de palabras. Un estoy aquí. Para tí. Sin juicios. Sin charla. Sin nada más que nuestra presencia. Y si surge el abrazo callado ya MARAVILLA.

Pero el abrazo también incomoda.

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Sara

Enamorada de la vida y de las pequeñas cosas.

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