Seguro que has tenido que escuchar esta afirmación en infinidad de veces, incluso tú mismo/a la has dicho o la usas cotidianamente.

Aparentar, tener el escaparate siempre deslumbrante para que cuando los demás miren sólo vean maravillas. Hacer como si. No decirle a esa persona algo que es mi derecho vaya que piense que soy tal o cual.

No dar un paso en falso, o actuar en consecuencia o tal vez hacer algo que alguien de mi familia o un amigo importante me ha pedido, vaya que la otra persona a la que o es desconocida o apenas conozco se ofenda o piense mal de mi. ¿Cómo voy a quedar mal?

Sin embargo, tú que me has pedido ese favor, no me importa que te ofendas o que te siente mal, aún siendo tú la persona con la que tengo vínculo.

Y no me importa juzgar sin parar a mis hijos o a mi pareja, o no respetar sus puntos de vista o zamparles lo que pienso sin pararme a pensar ni un momento si les dolerá o cómo les afectará.

Porque si, así son los BIENQUEDA, esa especie humana que jamás dirá algo ofensivo delante de gente con la que tiene poca confianza. Jamás nunca ofenderá ni llevará la contraria en nada a aquellos con los que no tiene relación. Mostrará su mejor cara, jamás subirá el tono de voz e incluso reirá las gracias si procede. Todo por evitar el conflicto, por «no cerrarse puertas». 

Escuchará sin interrumpir, hará como que comprendé en incluso comprenderá los motivos ajenos o los diferentes puntos de vista del otro (empatía), pero eso sí, condición sin equanum ser apenas un desconocido, porque si eres alguien a quien en teoría tendría que respetar, escuchar, comprender y no juzgar, te trataré según mi estado de ánimo y sin piedad. Coherencia pura.

Desde el punto de vista personal, me hierve la sangre está actitud. No puedo con ella. No la tolero. Lo confieso. Me enfada profundamente.

Desde el punto de vista profesional, te diré a ti, si a ti, que tal vez seas un profesional de las apariencias, o tal vez conozcas a alguien o multitud de personas así, que esta conducta se basa en una importante inseguridad. Derroche de falta de autenticidad, de ausencia de naturalidad, de espontaneidad, de pasión por lo que creo y por lo que valoro.

Yo necesito aparentar que en mi familia todo es maravilloso, que tengo mucho dinero, mucha cultura o que mi pareja y yo nos adoramos, porque no valoro mi vida, porque me avergüenzo, porque me baso en valores superfluos de lo material o del tener y no del ser. Soy un frustrado en definitiva.

Juzgo y critico a los más cercanos y les impongo mis puntos de vista, porque me siento inseguro respecto de mis ideas, porque mi autoestima deja mucho que desear, porque soy un frustrado.

Y soy un bienqueda, sin importarme lo que los míos piensen,  porque mi inseguridad, mi incapacidad para defender mis opiniones, mi carencia de argumentos y seguridad en mí mismo/a, me hace ocultarme tras una fachada. Los desconocidos pueden debatirme o criticarme o ponerme en una situación comprometida ¿Cómo me defenderé? ¿Cómo seré firme en mis ideas? No tienen criterio propio.

Huyendo del conflicto inevitable, retraso o elimino el decir o hacer algo «delicado» o para lo que es preciso tener aplomo y personalidad. Se basan en la lástima del que no conocen, mintiendo o fingiendo por no herir sentimientos ajenos.

Sin embargo, me vengo arriba con mi familia o amigos porque me creo, me lo creo yo, que en esa parcela de mi vida mando yo, e impongo mi santa voluntad o trato con despotismo o con falta de tacto a los demás. Señal inequívoca, de que me creo menos que una hormiga. Tú que eres de mi familia no me das pena ninguna. Es lo que hay.

Háztelo mirar. De verdad. Porque ser un bienqueda, no es lo mismo que quedar bien. Al final quedas mal con todo el mundo, o al menos con quien de verdad importa.

Cómo tratas a los demás y tus actitudes dicen mucho de ti no de los demás.


Sara

Enamorada de la vida y de las pequeñas cosas.

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