Me siento sola. Realmente, estoy sola. Esa es la realidad, la mía y la de un gran número de mujeres que lidian día a día con la maternidad sin ninguna red de apoyo.

Criar en soledad es antinatural y leí en algún sitio que para la mujer la crianza en soledad puede convertirse en una pesadilla, lo leí y lo vivo.

Soy madre por elección (al menos eso creo conscientemente) y para mi mis hijos son lo más importante del mundo. Aquí entra esa necesidad genética que tenemos las mujeres y madres de justificarnos todo el tiempo por todo.

La culpa. Forma parte de nuestro adn. Desde tiempos immemorales, la mujer ha sido asediada, culpada y humillada.
La llevamos corriendo por nuestras venas, diciéndonos que no tenemos derecho a quejarnos, que somos unas desagradecidas, unas blanditas y alguna que otra etiqueta complaciente.

Pero no querida amiga, tienes todo el derecho del mundo a la queja. Porque a veces es lo único que nos queda. Poder decir que estamos exhaustas, que nuestra renuncia a casi todo, nuestro tiempo de ocio, nuestra paz, nuestro ascenso profesional, nuestra identidad personal en definitiva, es un derecho.

Nuestra pareja trabaja fuera de casa. Y nosotras en muchos casos también. Y dentro de casa. Y criamos.

Y los días se empiezan a parecer cada vez más unos a otros. Y hay días en los que no hablamos con ningún adulto. Y las amistades sin hijos dejan de contar contigo porque ya no molas, y los que tienen hijos llevan su propia rutina.

La maternidad es una lucha constante y disfrutarla depende más de esos momentos de poder respirar para coger impulso que de lo buena madre que eres.

Estar siempre sonriente, empática, divertida, comprensiva, amorosa, entregada y solícita y además estupenda es una quimera.

Una quimera que nos venden y que como no se puede hacer realizar nos hace a las mujeres que criamos en soledad hundirnos en el más profundo de los agujeros de la culpa.

No soy buena madre, no debería haber sido madre, soy perjudicial para mis hijos… Tal vez estos pensamientos te resuenen, porque tú también los hayas tenido en esos días en los que no puedes acompañar más llantos, no puedes atender más juego, necesitas huir y esconderte muy lejos, gritas y al final, claro, acabas llorando, de pena, de cansancio y de culpa.

Esto también pasará. Respira. Desecha la queja interior. Si estás viviendo esta experiencia por dura que te pueda parecer es porque tiene una enseñanza para ti. Nadie vive situaciones que no puede superar. Todo lo externo está dándote la oportunidad de aprender algo nuevo.

Vivir en plan supervivencia no es sano. Hay días que sólo intentarás no “morir” en el intento.

Pero créeme, es más fácil y más enriquecedor desechar todas esas creencias sobre la maternidad, sobre tu presente, sobre ti misma que te hacen vivir esta etapa con un lastre añadido.

Es duro. Sí. Pero todo pasa todo llega. Disfruta del regalo de verlos crecer. Ya no volverá.

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Sara

Enamorada de la vida y de las pequeñas cosas.

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