La tristeza, esa invitada a la fiesta que todos rechazan, que nadie quiere que acuda y que a veces cerramos la puerta en las narices.

Nadie quiere convivir con ella. La apartamos, fingimos, aparentamos y nos resistimos a sentirla en nuestro ser. Eso va en contra de lo que deseamos.

Sin embargo, como todas las emociones, la tristeza, tiene su razón de ser, su función, su mensaje.

Puedes cerrarle la puerta en las narices una y mil veces, pero ella volverá, y llegará un día que vuelva modo tsunami y derrumbe puerta, muros y ventanas, irrumpiendo en tu vida a la fuerza e instalándose sin pedir permiso.

Siempre llama dos veces, como el cartero.

Así que casi mejor dejarle pasar la primera, invitarla a tomar algo, mirarla a los ojos y escuchar lo que tiene que decirte; siempre tiene algo que transmitirte y una razón para visitarte.

Tal vez no te comunique su mensaje inmediatamente, tal vez necesite acomodarse antes. Bien, déjala estar, hazle un hueco, transítala y con cariño y paciencia y respetando tus ritmos hazle saber qué estas receptiva/o para esa comunicación.

Cuando en las sesiones de terapia les digo a mis pacientes que «abracen su tristeza» a menudo me miran con cara de «¿estás de guasa, no?». Y tengo que explicarles a lo que me refiero.

Porque no me refiero a regodearse en ella, y llevarla por bandera calzándote el disfraz de víctima indefensa y que nada puede hacer para salir del hoyo. No.

Tampoco me refiero a que te guste o te agrade ese estado anímico. Simplemente, me refiero a que lo aceptes, sin juicios tales como «estoy fatal», «esto es durísimo», » esto es horrible», «quiero estar bien», «lo mío no tiene arreglo» y un largo y tortuoso camino de excusas, justificaciones y juicios de valor que hacemos acerca de ese momento.

Porque es lo que es, un momento, temporal y pasajero, con la intensidad que vendrá determinada por las veces que hayas desterrado de tu vida esa emoción, por las veces que hayas bloqueado o inhibido ese mensaje.

¿Cuándo se irá? Pues depende. Depende de lo que que le escuches, de lo que trabajes en ti, del cariño con el que te trates, de la toma de conciencia que hagas acerca de la necesidad de gestionar, como olas todas las emociones que vayan surgiendo.

Si es un duelo por alguien, vívelo, permitetelo. Si es un cambio vital complejo, transítalo desde la mera observación de que todo cambia, de que nada es estático en la vida.

Si eres mujer y el origen es hormonal, baja el ritmo y acepta tu naturaleza cíclica y cambiante.

La finalidad, no obstante, siempre será que frenes. Que respires, que dejes ir, que te nutras, que te conectes contigo, que no pierdas de vista tus valores, el horizonte de tu vida, que te recojas para recuperar energía, que hagas un break en tu ritmo, que dejes de llevar el piloto automático y seas tú el que maneja tu vida.

En otras ocasiones, tendrá que darte un tirón de orejas para hacerte caer en la cuenta de como te hablas, del diálogo interno que llevas contigo, de la critica y exigencia constante o por el contrario, el derrotismo, la indolencia del que cree que no es responsable de nada, ni nada puede hacer.

Siendo consciente de que todo lo que rechazas se hará mas intenso y desproporcionado. Dando cabida y perdiéndole el miedo a las emociones que nos enseñaron a temer. Ahondando en nuestra historia y sanando las heridas infantiles que cargamos, podremos convivir en armonía y serenidad con todas y cada una de las emociones que existen.

Sí, también con la tristeza.

“ No estás deprimido, estás distraído” – Facundo Cabral-.


Sara

Enamorada de la vida y de las pequeñas cosas.

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