Me marcho, te marchas.

 

 

Compartimos tanto. Risas, confidencias, momentos de incalculable valor. Crecimos juntos, eras parte de mi vida, y lo serás siempre.

Porque sacar de tu vida a alguien no significa olvidar, significa SOLTAR, para avanzar, reconocer que en el otro ya no me reflejo, ya no me inspiro y por tanto tampoco aporto nada de valor.

Anclarse en relaciones que ya huelen, en relaciones de amistad con todo dicho, de parejas que ya no se ven el futuro paseando juntos. Pensar que como vivimos todo eso tan intenso e importante “no puedes irte de mi vida, no puedo irme de la tuya”, es un error, una equivocación que nos absorbe energía.

Admitir que fue bonito mientras duró, así lo decida el otro, así lo decida yo, es un acto de madurez.

Dejar hueco para esas nuevas personas que están por venir, que tienen tanto que aportarme, que conectaran con mi esencia y me harán saber lo mejor que hay en mi. Tú ya no lo sacas, yo ya no te puedo ofrecer nada mejor.

Pasó y será eterno en mi corazón, pero ahora tengo que marcharme. Aceptarnos como dos extraños con un pasado común. Guardar las imágenes en mi retina y nuestras risas en mi alma, pero prefiero que sea así, sin rencor, sin motivos o con todos. Acepta los míos, acepto los tuyos.

Todos estamos de paso, por la vida y por las vidas de los demás.

Si nos volvemos a ver quizás hablemos, tal vez ya no. Pero ya no me duele, porque esa otra etapa ahora tal vez tan lejana fue real.

No te culpo, ni me decepcionas, lo prefiero así, no lo hagas tú tampoco, simplemente dejémonos  ir…

 

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